El papel de las islas en la transición energética

Las islas representan el 6,3% de la superficie del planeta y albergan aproximadamente el 10% de la población mundial. Todas ellas tienen sus propias singularidades en cuanto a tamaño, población o geografía. Pero lo que las islas tienen en común es su limitada accesibilidad debido a su situación geográfica. A menudo, esto también conlleva retos en el suministro de energía.

Muchas islas dependen en gran medida de los combustibles fósiles, lo que provoca elevadas emisiones de gases de efecto invernadero y mayores costes de electricidad (producir electricidad en las islas puede ser hasta diez veces más caro).

Sin embargo, el cambio climático ha impulsado la transición energética en la mayoría de los países del mundo y las islas se han convertido en un excelente campo de pruebas para la transformación del sistema energético. Permiten la aplicación de nuevas tecnologías en condiciones reales y económicamente viables y sirven para el desarrollo de nuevas soluciones que luego pueden ser replicadas en el resto de los países.

El camino hacia un abastecimiento energético más sostenible gracias al impulso de las energías renovables, no solo aporta grandes beneficios ambientales a las islas, sino también socio-económicos (crecimiento de los negocios locales y más puestos de trabajo).

Los casos de Hawái, Madeira y las Islas Canarias

Las islas de Hawái son conocidas por sus playas de arena blanca, aguas turquesas, tablas de surf y sus típicas camisas de flores. Además, estas islas podrían convertirse en 2045 en el primer estado de Estados Unidos en obtener el 100% de su electricidad de fuentes sostenibles, en particular, por la energía solar. Actualmente, alrededor de un tercio de los hogares hawaianos ya tienen instalados paneles solares en sus tejados

Sin embargo, esta rapidísima expansión de la energía solar también planteó algunos retos importantes. En 2015, la empresa eléctrica local entendió que la red no estaba diseñada para absorber tal cantidad de energía renovable y que había alcanzado su límite de capacidad, por lo que se limitó la instalación de más energía fotovoltaica en las cubiertas de las viviendas. Esto ocasionó fuertes protestas por parte de los ciudadanos de las islas. Para poner fin a este problema, en 2017, se desarrolló un nuevo marco regulatorio y se implementaron las tecnologías necesarias para aumentar la capacidad de la red.

En la Unión Europea, encontramos también el ejemplo de Madeira. Hasta hace poco Madeira era una isla con una gran dependencia a los combustibles fósiles. Sin embargo, en 2012, las autoridades de la isla elaboraron un plan de acción en materia de energías limpias y se espera que el próximo año pueda producir el 50%de su electricidad a partir de fuentes de energías renovables. Entre las acciones que llevaron a cabo destaca el aumento de parques eólicos, la expansión de la energía solar, el impulso de los vehículos eléctricos incrementando los puntos de recarga en la isla y la inversión en redes inteligentes y la mejora del almacenamiento de energía.

En España, tenemos el caso de las Islas Canarias. Estas declararon en agosto de 2019 el estado de emergencia climática y llevaron a cabo un nuevo proyecto de ley con el objetivo ambicioso de conseguir la descarbonización total de la economía canaria en 2040. Para ello, han apoyado el impulso de comunidades energéticas innovadoras como la de Adeje Verde.

En Adeje, se ha creado el mayor círculo solar de España en término de consumidores suscritos que permite a los mismos y al productor de energía fotovoltaica, que se encuentran en un radio de 500 metros, compartir la energía producida localmente. Este innovador concepto está basado en una nueva normativa europea que establece que ya no es necesario devolver el excedente de energía fotovoltaica, sino que ahora se puede compartir con los vecinos.

Ejemplos como las Islas Canarias, Madeira y Hawai nos muestran el camino hacia la transición energética. Son planos y, por supuesto, hay que adaptarlos a las necesidades del continente, pero seguro que pueden ayudarnos a alcanzar el “Objetivo 55” establecido por la Unión Europea: reducir las emisiones en al menos un 55% de aquí a 2030.